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Constantino Carvallo Rey

 

¿Qué hace el maestro para merecer que se le asigne un día? ¿No es  acaso que, como el oficinista o la casera, solo cumple  su jornada y ejerce su deber para ganarse el pan? ¿No recibe un salario a cambio de su esfuerzo? ¿No tiene acaso largas vacaciones y su seguro social? ¿Tendríamos que tener un día del abogado y otro para el albañil o el químico farmacéutico? No parece existir una razón suficiente para consagrar 24 horas a celebrar su oficio. O quizá sí. Tal vez exista algo más allá de las tizas y las aulas, de los programas y de los registros. Algo que no se encuentra simplemente en la voz que dicta ni en los conocimientos transmitidos, tampoco en la didáctica, el currículum o la estrategia que captura la atención e invita al saber. Que no se aprecia en ese entrar y salir con apuro de las clases, cargando decenas de cuadernos, una mota, unos mapas, acaso un compás.

 

Ganar poco, no ser valorado como profesional e incluso, en muchos casos, ser menospreciado socialmente, ¿es que soportar esto constituye  el  mérito que debemos celebrar? ¿ O provoca esa lástima que la entrega de un día compensa por piedad?¿Porqué no 24 horas también  para el banquero, para el publicista, para el general?

 

Por otro lado, en la inauguración del Primer Congreso Internacional de Educación celebrado en Brasil, organizado por la Editorial Santillana, el gran escritor portugués José Saramago dijo no hace mucho, hablando ante un auditorio compuesto por mas de seis mil profesores, que “los maestros de hoy día son auténticos héroes”. ¿Héroes? Lo mismo había dicho Paulo Freire, resaltando que el oficio del maestro exige, sobre todo, amor y coraje. Y Fernando Savater ha sostenido también que esa profesión “es un acto de coraje, un paso al frente de la valentía humana”. Y ha creado un lema que, pienso, cabría colocar en el frontis de las facultades de educación: Cobardes abstenerse.

 

¿Qué profesión es ésta que, en medio de la paz, requiere valentía, arrojo, valor? ¿Cuál es su lucha, quienes son los enemigos y dónde está su arsenal?

 

Me voy a referir tan sólo, dado el breve espacio, a dos escollos que el maestro enfrenta y para los que hace falta innegable valor. Hay otros, duros, que lamentablemente no tocaré esta vez. El primero de los dos, acaso el menos fiero, es la fuente principal de angustia humana: la incertidumbre. El maestro que vive auténticamente su tarea sabe que se encuentra, a diferencia de los demás profesionales, desprovisto de un conocimiento que le indique qué debe hacer en cada instante en que la situación le exige una respuesta. No puede apelar a la ciencia, a las leyes generales que facilitan la acción. Porque, contra lo que le dijeron en la Universidad, no hay didáctica segura, ni tecnología garantizada, pues no existe el vínculo de causalidad necesaria entre la enseñanza y el aprendizaje, no puede pronosticar el efecto de su acción. Y ello porque, como escribiera Aristóteles, “no hay ciencia de lo particular”. Su objeto no es el currículum, las competencias, la formación. Su objeto es el otro. Indecible. Un único, distinto, irrepetible y original ser humano que se niega a ser pluralizado, categorizado, homogeneizado para ser colocado entre las líneas negras de una matriz.

 

Un mañana el maestro entró a un aula y, cansado, di un manazo sobre el pupitre. Luego rió. Ellos detuvieron el bullicio y, alegres, volvieron a trabajar. ¿Alegres? Al día siguiente faltó M y la madre llamó para preguntar si había pasado algo en clase pues su hijo había mojado las sábanas y no había querido asistir hoy. ¿Sintieron todos lo mismo? No, cada uno vivió su propia vida, desde su situación. Algunos ni recordaban el manotazo, otros rieron con él. Sin embargo, M se asustó, creyó ver la ira asomando; una fuerza, quizá ya conocida, que lo podría destruir. Y no vino, tras su larga noche, para no morir. “Los actos educativos, dicen Carr y Kemmis, son problemáticos”. Lo que motiva a unos aburre a otros. Lo que es buena explicación para cinco desconcierta a dieciséis. “El aprendizaje, dice Peter Drucker, es tan personal como la huella digital”. En asuntos educativos está prohibido generalizar. Para acertar con cada cual no tenemos otra ayuda que nuestra empatía, nuestra memoria y nuestra reflexión peligrosamente simultánea a la acción. Soledad, urgencia , inmediatez, conflicto. Es el principio de la indeterminación. “El hecho de no poder adivinar la repercusión de nuestro acto nos sumerge en la incertidumbre”, ha escrito a propósito del maestro, Mireille Cifali.

 

El coraje  hace falta para aceptar una ignorancia esencial. Y no me refiero al cómodo e irónico no saber de Sócrates o a la Docta Ignorancia, que nos deja muy bien, sabios en nuestra humildad. Es un no saber real, conmovedor, que lo mantiene indefenso, inerme ante el misterio profundo de otro ser. Carece de certeza. Es un cazador por la noche. Firme y tierno, como quería Montaigne, apunta al clamor sincero del que quiere y del que teme aprender. Del que puede y del que no puede. Del que   reconoce porque se le parece y de ese otro, extraño, que no acierta a comprender. Debe aprender el qué, el cómo y el cuándo. Pero además el con quién. Y su mayor fuente de aprendizaje del oficio, curiosamente, es el límite de él. Son sus fracasos, las malas consecuencias, los que lo aproximan a entender. Pero hace falta también valor para aceptarlos. Y es que necesitamos como alimento diario la seguridad. Por ello muchos niegan los fracasos, no los ven o los ocultan y silencian y evitan la responsabilidad. “En el mundo de la educación y de la enseñanza, escribe Cifali, el error y la duda no se hacen públicos desde hace ya mucho tiempo”. El maestro valeroso asume la angustia constante de su noble inseguridad, de su aventura singular constante. Tiene el valor de convivir con la perplejidad. La valentía, decía Hemingway, es mantener la “gracia en la presión”.

 

Todo lo dicho nos lleva a la segunda fuente de tensión. El maestro conoce al otro a través de una inevitable mirada a su propio interior. No hay modo de que comprenda la ira, la rabia, el desanimo, la depresión, la incapacidad, sin enfrentar su propia ira y su rabia y su desánimo y su depresión y su incapacidad. El maestro, dice A.T. Jersild, “no es libre de confesarse: odio a ese niño, para luego analizar ese sentimiento y averiguar su significado”. Evita el choque brusco con sus sentimientos.”Los educadores carecemos del coraje de enfrentarnos con las implicaciones personales de nuestra vocación”. Una implicación permanente que proviene de su roce continuo con el deseo de los otros, los alumnos, los colegas, los padres, la institución. El maestro raspa a diario la aspereza de esa membrana que nos separa de los sentimientos ajenos. Y por ello agota como ninguna otra profesión. Por eso las cuatro tazas de café diarias que según un estudio toman los profesores como promedio en el trabajo. Por eso su escondido anhelo de dejar la profesión. De ganar la lotería, viajar a Marte, volverse pintor. Los apóstoles lo sabían cuando intentaron evitar que los niños se acercaran a Jesús. No querían cansarlo con esas incontroladas demandas de la infancia, querían preservar su vitalidad.

 

El buen maestro es urgido a diario para comprender, compartiendo la pasión. Para ello, repetimos, hace falta mucho valor. “Esta es la heroica característica, dice Jersild, de la comprensión en su pleno desenvolvimiento: ser capaz de enfrentar los estragos de la rabia, el demoledor impacto del terror, las más tiernas urgencias del amor y encerrarlos luego en un contexto más amplio, el cual abarca una aceptación de estos sentimientos y una apreciación de lo que ellos significan para el ser que los experimenta”.

 

El maestro honesto merece nuestra admiración. Es la profesión pacífica que demanda más coraje y decisión. Por ello es también la profesión “más sujeta a quiebras psicológicas, a depresiones, a desalentada fatiga acompañada por la sensación de sufrir abandono en una sociedad exigente pero sin orientación”. Es el oficio del estrés.

 

Inquieto, valiente, a la vez entusiasmado y preocupado, sereno y angustiado, con la experiencia repleta de fracasos seguros y éxitos dudosos, va el maestro - la maestra - con paso apurado de su casa a la escuela, meditabundo, esperanzado, la memoria infantilizada por voces, risas y barullos y, aunque no carga en las alforjas ciencia cierta, tiene ya el espíritu tocado por la lucidez. Y la lucidez, hemos aprendido, es “la herida más próxima al sol”.