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Constantino Carvallo Rey

Prólogo

 

Amable lector, Pizarra de Aire, el objeto que sostienes entre tus manos, es un libro, un trozo singular de materia, una cosa limitada en el espacio, breve y que sin embargo no puede ni quiere esconder la vida que contiene y que brota y se derrama y palpita desde que lo cogemos por el lomo. Este libro es un ser vivo, un pedazo bendito de un árbol, un cedro, un ciprés, un roble, que ha recibido plácidamente al espíritu deseoso de fecundidad de su escritor, el poeta-educador Esteban Quiroz Cisneros. Es la corteza forestal llevada mediante la escritura hacia la auténtica vida eterna.

 

Hay una profundidad que penetra desde la aparente superficie plana de la hoja de papel, a la que magníficamente llama un pueblo de la selva del Perú, la “piel de dios”. Una profundidad reconciliadora del hombre y su tierra, de naturaleza y sociedad, de libertad y educación. Es un libro curiosamente religioso, místico, dominado por la serenidad. O mejor aún, por el amor. Un amor al ser humano y a su mundo, a la patria y a su destino y a esa promesa que se anuncia en el rostro de cada niño para el maestro que sabe mirar. Un amor pedagógico. Porque, desde su sugerente título, es un libro sobre educación. Diría con mayor precisión: es la obra de un educador. No un libro sobre pedagogía, esa ciencia gris que invade a las facultades de educación, ni una reflexión sobre el oficio o un canto a la trascendencia del magisterio. Nada de eso, he dicho ya que es un objeto vivo. Este libro es protoplasma, tejidos corazón; es la memoria expuesta de un maestro y está poblada de cantos y gritos de niños, de la cosecha de todo lo bueno visto, de las palabras amables y los días maravillosos en los que su voz llegó hasta el alma de un pequeño y lo transformó, lo reconfortó y lo convenció de su irrepetible valor. Y le dio el don supremo del buen educador: vigor eterno, entusiasmo, ganas de vivir. Esa vida recogida en la conciencia, esa experiencia rumiada, esa duplicación, esa vida de la vida, es el pensamiento. Este libro es el pensamiento vivo de un profesor, en su Tiempo.

 

Muchas ideas dan forma al modo personal que tiene el autor de concebir y actuar la educación. Quizá la que me resulta más atrayente y me impacta por su noble exigencia es la de considerar a cada alumno en su original singularidad, valga la redundancia. Esteban Quiroz ha recorrido el Perú y ha penetrado en la atmósfera muchas veces siniestra de sus escuelas. Durante ocho años ha viajado entre Tumbes y Cajamarca, entre Puquio y Huamanga, desde Ocros hasta Andahuaylas y alrededor del Lago Titicaca. Y en esas aulas a veces mal iluminadas, descuidadas, en las que se exhibe el desinterés del estado y hasta el maltrato que le da a los niños, Quiroz ha visto siempre el tesoro oculto que cada uno de esos niños encierra, a veces incluso para sí mismos. Y ha podido mantener con ellos la mirada que hace al buen maestro, la mirada que distingue, que diferencia, que establece y devuelve la identidad personal. Notable es la manifestación visual de esta extraordinaria diversidad. Porque el maestro ve en ellos frutas, verduras, flores, lo que algún filósofo llamaba el ser “vegetal racional”. Para Quiroz el maestro es un horticultor, un creador de climas, y las aulas son los surcos sobre los que se siembran los hombres y la vida buena. Y el buen horticultor es pródigo en cuidados. Es más que una metáfora. Porque la vida vegetal tiene ese crecimiento infinito que comparte con el desarrollo del espíritu. Y esa capacidad de renovarse y renacer que es ejemplo para el horizonte moral de los hombres. Así los niños son rosas, margaritas, jacintos, melocotones, manzanas, naranjas, plátanos, cocos, granadas, membrillos, tumbos arvejas. Y cada especie, cada individuo, requiere un trato pertinente, adecuado, personal. Unos demandan mucha luz, otros menos agua, más aire, un poco de alimento. Los niños son plantas soberbias que tienen el tallo movedizo-una caña que piensa, decía Pascal- y a las que el maestro conduce, para que apunten al cielo, hasta el soporte firme del aprendizaje significativo por el que pueden trepar y lucirse al sol.

 

Y no dibuja, como muchos educadores, una visión idealizada, rosada, de la infancia ni esos alumnos siempre entregados, pugnando por alcanzar el aprendizaje. No. Quiroz habla con sinceridad y tiene que decir que existe también el combate y la lucha contra los enemigos del desarrollo y el crecimiento, esas plagas que a veces habitan dentro del propio niño. No sólo está la indiferencia ministerial, las disposiciones burocráticas, el abuso contra los maestros. También hay que enfrentar el desinterés, la desconfianza y la falta de motivación en los propios pequeños. Por eso decía Saramago que es un oficio para valientes. Porque la rosa tiene espinas y el jacinto un revólver en el cinto. Y a los cocos, si queremos que den agua, hay que enfrentarlos con un machete en las manos. Y el melocotón es pepón y presumido. Y está el gusano y la oruga y la manzana picoteada. Las armas del maestro están todas en su voz. En el sonido delicado de su amor. En la prudencia y en la comprensión. En la tolerancia, en la firmeza de la dulce autoridad. Por eso hay aquí un manifiesto contra el castigo, contra el látigo, contra la inhumanidad. Contra la escuela violenta que es fábrica de rencor.

 

La puerta de ingreso a este mundo complejo y exuberante es la comunicación. Y, sobre todo, como en el principio, el logos, la palabra. La palabra que siembre, la que estimula, la que nutre y la que interroga. La que escribe en la memoria, en esa pizarra de aire que es el alma humana. La educación es este diálogo en el que maestro y alumnos aprenden a escucharse y a encontrar su propia voz. La palabra es la lluvia que cae del cielo, la que lava, vincula y nos hace germinar. Hay en ese libro una confianza conmovedora en el poder misterioso y esencial de esta relación entre maestro y niños bajo el manto atmosférico que crea la palabra.

 

Y entre todas las palabras hay un modo de darse que el maestro Quiroz ama apasionadamente: la palabra escrita, el registro de las letras, las hojas con tinta y su espectacular destino en el libro impreso. Esta es la religión de Esteban Quiroz, su templo sagrado es la biblioteca, la librería, un bosque que habla, y su sacramento es la lectura, una liturgia que encarna también al verbo y que transforma la sustancia en espíritu inmortal. Hay una devoción por esta relación con un trozo de materia que nos lleva a regiones insospechadas, que nos emociona, nos enseña y nos protege de la soledad. De esa soledad que el propio autor siente en su tarea heroica de llevar la lectura a todas las regiones de nuestro país. Porque la escritura atrapa al tiempo, lo detiene, nos da eternidad. Y en contacto con sus historias, con sus cuentos, con sus poemas, la inteligencia se ensancha, danza la imaginación y la geografía desborda sus límites. Leer es así crecer, es el agua que madura la semilla, el medio ambiente esencialmente humano. Y la lectura al posibilitar la confrontación con mundos nuevos estimula la razón, pero la promesa mayor de la lectura, la que lo lleva a caminar por los rincones de la patria es la capacidad que tiene para contagiarnos el valor moral de nuestra común humanidad. Para elevarnos y hacernos comulgar. Leer no sólo nos hace pensar, disfrutar, conocer, sentir compañía. Además nos ennoblece, nos ayuda a ser mejores, nos enseña a ser buenos. Esta es la fe del maestro Quiroz, quien saliendo de las aulas en Ishua, Huaycahuacho, Aucará, Cabana Sur, Sullana, Chaylo, Íllimo, Niepos, Cajamarca, Huampica, Ccallapayocc, Huaccana, Argama se ha sentido un sembrador de lectura. Y, penosamente, se ha sentido un solitario sembrador de lectura. Que no sea así, que este hermoso y sabio libro sirva para encontrarse con los maestros del Perú que comparten esta pasión y este amor por la infancia y por el poder salvador de la palabra escrita, por la ecología del saber leer. Son millares aunque los gobiernos y la sociedad indolente intenten lo contrario. Y que lo acompañen siempre los rostros de los niños que amó y que revoloteen en la memoria sus risas, sus juegos, su gratitud. Como la de Renata, una dalia, una mariposa, que gracias a su obra de buen amor tiene hoy una mirada en la que se mece en paz unos ojos infinitos. Créame, en la vida no hay mejor recompensa, Maestro.

 

Barranco, febrero de 2007