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Aunque pueda parecer poco riguroso, no quiero argumentar empleando cifras y estadísticas. Creo que la crisis que atraviesa la conciencia nacional pasa por la adopción fetichizada del discurso económico, de sus modos y sus fines. El mito de la ciencia globalizadora y de la tecnología ha transformado el pensamiento logrando limitarlo insensatamente bajo el corsé analítico, digital, numérico.
En este resucitado debate entre la doxa griega y la episteme, entre la opinión y la ciencia, opto por la opinión, que cuando elucida la experiencia, cuando es verdadera, contiene mejor a la realidad, la expresa plena. Así pues la forma de este texto es el ensayo, tal y como lo creó una vez y para siempre el genio y la sensatez de Miguel de Montaigne, género entre el testimonio y el documento, escritura libre dando rienda suelta al corazón, a la memoria, el texto de buena fe. Es el fraseo de aquella verdad que me queda en el alma tras vivir veinte años sumergido en el mundo de la educación peruana, sintiendo su empobrecimiento, su abandono, sus miserias. No voy a demostrar lo que digo, sólo atino a decirlo y aún, como escribió Martín Adán, no sé decir todo lo que me digo.
Desde 1976 he venido aproximando mi quehacer diario con el universo de los niños de distinta condición, primero como director de un colegio privado, luego como promotor de un centro de educación inicial y una escuela de primaria pública en un asentamiento humano humildísimo y, finalmente, desde hace un año, como educador en las divisiones de menores de un club popular de fútbol. Sólo aprovecho la ocasión que presentan para dar forma a esa costra que me ha quedado, a ese sedimento y a esas impresiones de un peruano que no puede evitar el eco que resuena en su interior cuando las voces se apagan y ya no queda sino el recuerdo fantasmal de toda esa angustiosa demanda del prójimo necesitado.
En estos años han pasado los gobiernos de Morales Bermúdez, Belaúnde, García y Fujimori. Si algo tienen en común, desde mi particular perspectiva, es este desinterés en atender a los peruanos del futuro, a los niños y jóvenes, a quienes requieren urgentemente, como quiero expresar, cuidado, trato humano, lenguaje. Todo aquello sin lo cual no se desarrolla el hombre, sino una especie inferior, casi subhumana, disculpen la crudeza, que pulula cada vez en mayor cantidad por las ciudades despiadadas de nuestra patria. Es evidente que las carencias nutricionales marchan también a la par que las educativas, sin embargo prefiero referirme casi exclusivamente a lo que observo en mi mundo, a lo patente, de modo que comparta usted, realmente, mi experiencia.
NEOTENIA: ¿LA EDUCACIÓN UN DERECHO HUMANO?
Mucho tiempo antes de la irrupción del psicoanálisis había venido las ciencias biológicas insistiendo en una verdad irrefutable: el género humano llega a la vida sin terminar el desarrollo uterino, los nueve meses resultan insuficientes para completar un organismo capaz de valerse por sí mismo, el sistema nervioso se encuentra aún en estado embrionario y así somos arrojados al mundo, inermes, frágiles, inútiles. A diferencia de los demás mamíferos, e incluso los otros primates, el homo sapiens tarda muchos años tras su precipitado nacimiento para conseguir el control de su cuerpo, las destrezas que le permitan moverse adecuadamente en su territorio. Esta, que podría ser su desventaja y haberle causado su desaparición como especie, se ha convertido, por el contrario, en la condición fundamental del inconmensurable desarrollo de la humanidad.
Ocurre que este cerebro embrionario madura al interior de un nuevo útero, del sonido y las luces del mundo exterior, de los estímulos y los vínculos que, ante todo, le proporcionan los otros hombres. La sociedad, es decir el conjunto de los hombres y sus relaciones se constituyen en la nueva matriz, el útero social que al influir sobre las desconcertadas neuronas establecerá aquellas inesperadas conexiones que nos harán capaces de hablar y reír, de amar y pensar, de sentir odio y poder imaginar lo que vendrá, es decir, de ser o convertir el cuerpo heredado en testigo de sí mismo, de ser hombres. La especie humana no es un dato biológico, natural, dado con el acto de copular o de parir. Somos hombres en la medida en que otros seres semejantes se ocupan de nosotros, nos cuidan y nos hablan, nos coactan y nos animan. No hay hombre sin sociedad y eso lo muestran claramente los niños salvajes, esos que fueron abandonados al nacer y cuidados por el azar y los animales: jamás pueden transformarse en seres humanos, todos quienes, siguiendo la tradición de Itard, han intentado darles humanidad, lenguaje, algo que sublime los instintos, han fracasado irremediablemente. No pueden ser hombres ya, perdieron el tiempo de maduración social que llamamos infancia, completaron su desarrollo de sinapsis neuronales sin estímulos humanos, son animales extraños, inútiles, en desventaja con cualquier primate, frágiles, sin armas naturales, sin dientes ni garras para matar, desprotegidos tras su piel tersa y lampiña.
El hombre es un producto del lenguaje, en ese sentido puede tomarse la famosa definición de Heidegger cuando señala que el lenguaje es la casa del ser. Sin él deshabitamos el mundo, no podemos inventarlo, construirlo de nuestro interior o, peor aún, tener algún interior, ese espacio diferenciado del ambiente natural al que llamamos el yo, la persona, esa estructura que surge del roce con los otros y que se instala controlando nuestro cuerpo, dándole otro cuerpo imaginado, una mirada. Por eso Pascal respondía a la pregunta sobre la naturaleza humana señalando que la frase no tenía significado, que en el hombre nada era natural, sino que la naturaleza era siempre costumbre.
Si esto es así, y la ciencia actual lo confirma ciertamente, cabe la pregunta: ¿Es la educación un derecho? ¿Pude hablarse con propiedad de la paz o la formación de los hombres como parte de los derechos humanos? Es evidente que no, que hacerlo es no tener conciencia de lo que el hombre es, de su construcción contingente, de su condición de necesidad. No es que los hombres necesiten educación, ocurre que no puede hablarse de humanidad sin ella, no es un derecho del hombre ya que no puede hablarse de hombre sin ella. Los derechos del hombre, como el de la igualdad ante la ley, suponen ya el establecimiento de quien recibe el derecho, es un agregado a su humanidad. La educación, el cuidado, el amor y el diálogo, la estimulación, la prohibición, todo aquello que constituye aquello que llamamos educación es mucho más que un derecho, se trata de algo más esencial a su verdadero nacimiento y por ello sostengo que no puede ponerse en igualdad con otros derechos, éstos sí auténticamente necesidades del hombre.
Tal vez pueda parecer esta introducción un asunto bizantino, galimatías y perogrullo. La realidad de nuestra patria muestra que esto no es así, si el estado, es decir, la personificación de los ciudadanos, tuviera conciencia de la educación como la condición básica para el surgimiento de la humanidad, otras serían sus prioridades, otros sus afanes. Hace falta que los peruanos entendamos que sin educación, sin que los niños reciban atención afectuosa por parte de otros hombres, no es que tendremos hombres sin educación, ignorantes y desdichados, nada de eso, ocurrirá que no tendremos hombres, nada que pueda llamarse, con Vallejo, hombres humanos, sino esa especie inferior, ignorante de su propia desdicha, que pulula y que mata, una forma de homínido o de subhumano, carne para cualquier milenarismo, para cualquier apetito demencial, toda esa creciente masa que mata y viola a sus propios hijos, todos esos hieráticos rostros que aparecen en la televisión ignorantes de que su acción acabó con la vida de muchos semejantes, que causó dolor en gente humilde e inocente, los hijos del sálvese quien pueda liberal, de la inhumana sociedad que es el Perú a fines del siglo veinte.
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