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El Cabezón 10
VALLECITO , UN POETA HONDO Y TIERNO
 VALLECtTO, UN POETA HONDO Y TIERNO "No sé qué negros silencios, no sé que nuevas cosas amargas, con el tiempo ruedan y pesan como el desconsuelo. . ." recitaba Luis Valle, en la patética tntimidad que a ratos tenía con su gran amigo Manuel Moreno Jimeno; éste poeta nos concedió gentilmente una entrevista, en tono francamente conmovedor y la única alusiva al autor de Mañanita Coronel que existe. A través de esta conversación, que sorprenderá aparezca en una revista de carácter infantil, tendremos la imagen de un hombre afligido y silencioso que; tercamente, cultivó el recuerdo de su niñez antes que otra cosa. :1111. —¿A usted le sorprende que un colegio celebre sus Juegos Florales con el nombre de Luis Valle Goieochea y se empeñe en publicar su obra? —A mí, sí, porque no se ha hecho una auténtica valoración de su obra creadora tan significativa, tan bella, tan honda y de una conmovedora ternura, y una sencillez realmente enardecida por su pureza: algo que surge de las entrañas, de la vida, tan natural y ajena a toda contaminación. —Es indudable que la lectura de la obra poética de Valle nos revela, de manera transparente, sus primeros años pero desconocemos tanto de su vida posterior... —Bueno, yo conocí a Vallecito cuando él trabajaba en la Secretaría de la Facultad de Letras en la Universidad de San Marcos; yo entonces era un joven alumno y la vida universitaria atravesaba una situación tan convulsionada políticamente. Acababa de publicar Las canciones de Rinono y Papagil, año 32, y como asistía a algunas clases así nos conocimos. Pronto, se produjo entre nosotros una comunicación y simpatía muy íntima, limpia y sincera que llegó hasta la fraternidad indeclinable. . . sólo su ingreso al Convento de San Francisco nos separó un poco. En el año treintartres en que empecé a tratarlo con mayor frecuencia él vivía solo en una pensión de la callecita Corazón de Jesús; frente a su pieza estaba la casa habitación de Martín Adán, donde se reunían escritores y él la frecuentaba. Vallecito me introdujo en estas tertulais"'y allí conocí a sus amigos Enrique Peña, Westphalen. Luis Felipe Alarco. Después me presentó a Enrique Bustamante y Ballivián que tenía una im- |
 prenta editorial, alentaba mucho la creación de jóvenes valores y fue quien publicó las primeras obras de Vallecito... —¿El empleo del diminutivo es porque han pasado muchos años o siempre fue asi? —Siempre le he dicho Vallecito, desde que nos conocimos, y cosa extraña, jamás nos tuteamos. Mi familia, que llegó a quererlo mucho, lo trataban de la misma forma. El era igualmente cariñoso, cuando una hermanita mía falleció, muy pequeña, él le dedicó una elegía hermosa publicada en "El Comercio" que ninguno de sus libros ha recogido. —¿Cómo era él? ¿Nos podría hacer una semblanza? —Físicamente impresionante, por sus ojos profundamente tristes y dulces, rrtuy lúcidos dentro de su ser físico cenceño. Daba la impresión de estar desamparado y débil. Era muy pálido y de una luz encantada. Tenía siempre temor de las cosas, de la vida material, de las gentes, de la gran ciudad. Por desventura tuvo afición por las drogas que luego se acentuó, parece ser que a la morfina, y que luego lo llevó a estados de crisis terrible. . . yo lo he visto a veces saltársele las lágrimas, en una situación de extrema tristeza. —¿Esos momentos sombríos y adversos eran los últimos años de su vida, estuvo usted cerca a él? —Durante esos años, que no fueron sólo los últimos, estuve siempre a su lado, más cerca cuanto más desesperada era su situación. Su ingreso al Convento de San Francisco, por ejemplo, se produjo en una etapa de crisis y se debe un tanto a mi gestión: yo tenía gran amistad con el bibliotecario, que luego se prolongó a los superiores. Vallecito me confesó en esa época que la única manera de salvarlo era ingresando a ese lugar, pues se sentía en un total abandono y además había sido seminarista —a propósito, Ciro Alegría, que era un gran amigo suyo, le decía "el seminarista"—; así que lo llevé, lo presenté y hecho el trámite para su ingreso cambió su situación. Así se pudo salvar de un estado de desesperación y desamparo. —No fueron pocos sus estados de desesperación, ¿no es cierto? —Claro que no, él pasa dos temporadas en el Convento y una ya casi al final de su vida, estuvo unos meses en el manicomio. Todo esto se' debía a que su mal se acentuaba, las drogas lo |
 devoraban, también el alcohol, perdía sus empleos, todo lo que lo sostenía. . . A veces llegaba a estados de locura, totalmente desmadejado, sin ningún control, desorbitado, sin haber probado alimentos dos, tres días. .. recuerdo que una vez lo vi aterrado, solo en su habitación, en un estado delirante, atroz, y es que le faltaba la droga. —Que difícil admitir /o que usted dice, aunque en su obra es evidente e/ desaliento, el desarraigo, la nostalgia que /o llevaron, sin duda, a este proceso de autodestrucción. ¿Alguna vez le habló de suicidarse? —No, jamás. Pero era notorio que paulatinamente se iba.aniquilando, era una fuerza que estaba sobre él y que no podía resistir.. . . ahora recuerdo unos versos de su amigo Enrique Peña: tan pálido, tan triste, tan débil que hasta el peso de una flor le rendía... —¿Cómo se sintió al enterarse de la muerte de Valle? —Yo sentí un dolor indecible y hasta culpable. El vino a visitarme, en la que sería su última crisis, por la noche y yo estaba en reposo forzoso, reponiéndome de una tuberculosis aguda. Estaba aquí en mi casa y mis familaires salieron a atenderlo y me dijeron que se hallaba en un estado indescriptible, todo sucio, la cara enrojecida y hasta con arañazos, como si lo hubieran revolcado, golpeado. Yo no pude bajar a recibirlo, pero lo hicieron pasar a una habitación, mi madre que lo quería muchísimo le preparó un caldo y dispuso un sillón para que descansara, le apagaron las luces, le cerraron la puerta.. . en la madrugada, silenciosamente, abrió las puertas y se fue. Al día siguiente nos dieron la noticia que lo habían encontrado tirado, muerto, bajo una banca de una plazuela. Entonces yo sentí un desgarramiento terrible, y ahora'digo culpable porque confirmo que vino en la víspera, como un preariuncio, para despedirse de mí. |
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